La trampa que no tiene nombre: trata de personas en tiempos de estafa global
Este 30 de julio se conmemora el Día Mundial contra la Trata de Personas bajo el lema «Atrapados detrás de la estafa». Una consigna que señala una forma de explotación en expansión acelerada: personas reclutadas con falsas promesas de empleo y confinadas en centros donde son obligadas, bajo violencia y amenaza, a cometer fraudes digitales a escala industrial. Pero el lema podría leerse también de otro modo: ¿qué ocurre cuando el sistema que debería proteger a las víctimas las convierte en sospechosas?
Un crimen que muta más rápido que las respuestas
Hablar de trata de personas en 2026 ya no es hablar únicamente de mujeres explotadas sexualmente en redes clandestinas, aunque esa realidad sigue siendo devastadora. Es hablar también de personas jóvenes universitarias de Colombia, Filipinas o Kenia que reciben una oferta de trabajo en atención al cliente o marketing digital, viajan ilusionados a Camboya o Myanmar, y se encuentran encerradas en un recinto vigilado donde deben cumplir cuotas diarias de fraude telefónico bajo pena de castigo físico.
Estos son los llamados scam centers o centros de estafa: complejos ilegales gestionados por el crimen organizado transnacional, en su mayoría mafias de origen, chino donde el trabajo forzado tiene forma de teclado y pantalla. Surgieron al calor de los casinos ilegales del Sudeste Asiático, se reconvirtieron durante la pandemia al ecosistema digital, y desde 2022 han crecido hasta alcanzar lo que la ONU describe como «proporciones industriales».
Según estimaciones de la UNODC, al menos 100.000 personas trabajan en condiciones de explotación en centros de este tipo en Camboya y otras 120.000 en Myanmar. En febrero de 2025, una operación en la frontera tailandesa-birmana liberó a unas 7.000 personas. Reuters informó en junio de 2026 que más de 5.300 seguirían atrapadas cerca de esa misma frontera. Las cifras fluctúan. Los centros se desplazan, se renombran, reabren. La lógica criminal es más ágil que la respuesta institucional.
Lo que el lema no dice
La ONU ha elegido bien el tema de este año. Los scam centers representan una de las formas de trata más visibles de 2026 y, paradójicamente, una de las menos comprendidas. Pero hay algo que el lema «Atrapados detrás de la estafa» no termina de decir: muchas de estas víctimas, cuando son liberadas en una redada policial, no reciben protección. Son detenidas, multadas por infringir normativas de visado, o directamente procesadas por los delitos que cometieron bajo coacción.
ONU Derechos Humanos lo documentó con claridad en su informe de febrero de 2026: la «libertad» que sigue a una liberación no siempre conlleva seguridad. El «principio de no castigo» para víctimas de trata que cometieron delitos bajo coerción existe en el derecho internacional, está recogido en el Protocolo de Palermo desde el año 2000, y es sistemáticamente ignorado en la práctica.
El problema no es de ignorancia jurídica: es de prioridades. Identificar a alguien como víctima requiere tiempo, recursos y voluntad de mirar más allá del delito evidente. Deportarla o procesarla es más rápido, más barato, y deja las estadísticas policiales en orden. La víctima paga, una vez más, el coste de la invisibilidad.
Quién cae y por qué: el mito de la ingenuidad
Existe un prejuicio persistente según el cual las víctimas de trata son personas con poca formación, sin recursos ni información, que no supieron detectar señales obvias de alarma. Los scam centers lo desmienten con brutalidad.
La OSCE señala en su evaluación de 2026 que las víctimas de este tipo de trata son con frecuencia adultos jóvenes con educación universitaria, capacidad multilingüe y experiencia digital. Las habilidades pueden aumentar el riesgo: dominar el inglés, tener experiencia en ventas o sentirse cómodo en redes sociales convierte a una persona en objetivo más valioso para los reclutadores. En los centros de estafa orientados a hispanohablantes, se busca específicamente a personas que conozcan la cultura y el acento de España o América Latina para hacer los fraudes más creíbles.
Las redes sociales y aplicaciones de mensajería son el vector de captación dominante. Perfiles falsos en LinkedIn que ofrecen empleos de atención al cliente en Bangkok, anuncios en Instagram que prometen «trabajo remoto con alojamiento incluido», mensajes en Telegram de supuestos reclutadores de RRHH. El engaño está diseñado para superar el escrutinio de alguien precavido. No es descuido de la víctima: es ingeniería criminal.
Los números que el Día Mundial no alcanza a mostrar
El Informe Mundial sobre Trata de Personas 2024 de la UNODC, el más amplio jamás publicado, con datos de 156 países registra un aumento del 25% en víctimas detectadas en 2022 respecto a 2019. Las víctimas infantiles crecieron un 31%, y un 38% en el caso de niñas. Por primera vez en la historia del informe, el trabajo forzoso supera a la explotación sexual como la modalidad predominante.
La trata con fines de criminalidad forzada a categoría que incluye los scam centers pasó de representar el 1% de las víctimas detectadas en 2016 al 8% en 2022. Una cifra que crece en cada actualización. Y que sigue siendo una subestimación: las víctimas atrapadas en estos centros no suelen contactar con autoridades, y cuando lo hacen, raramente son reconocidas como tales.
En paralelo, el 61% de las víctimas detectadas a nivel global siguen siendo mujeres o niñas. La trata no es un fenómeno neutral al género: se alimenta de la desigualdad estructural, de la feminización de la pobreza, de la mayor vulnerabilidad de las mujeres ante la violencia y el engaño. Cualquier análisis que no incorpore esta dimensión es, sencillamente, incompleto.
Una industria de decenas de miles de millones que nadie llama industria
Los scam centers generan, según estimaciones conservadoras citadas por investigadores de Harvard, entre 50 y 70 mil millones de dólares anuales solo en la región del Mekong. La trata de personas en su conjunto mueve alrededor de 150.000 millones de dólares al año globalmente. Es el tercer negocio criminal más lucrativo del mundo.
Y, sin embargo, rara vez se habla de ella como de una industria. Se habla de redes, de mafias, de delincuentes. Pero no de la estructura económica que la sostiene: la demanda de trabajo barato o gratuito, el mercado de consumo de servicios sexuales, las cadenas de suministro que no preguntan de dónde viene lo que compran, las plataformas digitales que monetizan el alcance de perfiles falsos sin asumir responsabilidad sobre su contenido.
Tratar la trata como un problema de seguridad de fronteras, de redes criminales a desarticular sin cuestionar las condiciones económicas que la hacen rentable y sostenida es atacar el síntoma y dejar intacta la enfermedad.
¿Qué cambiaría si realmente se quisiera cambiar?
No faltan instrumentos jurídicos. Falta voluntad de aplicarlos. El Protocolo de Palermo cumple 26 años. La Directiva europea 2024/1712 debía transponerse antes de julio de 2026 y España aún no lo ha hecho. La Convención de la ONU contra la Delincuencia Informática, adoptada en diciembre de 2024, ofrece un marco para la cooperación en casos como los scam centers. Las herramientas existen. Lo que escasea es la prioridad real.
Algunas demandas concretas que no requieren nuevos tratados, sino cumplir los que ya existen:
› Aplicar el principio de no punición sin excepciones. Ninguna víctima de trata debería ser detenida, procesada o deportada por delitos cometidos bajo coerción, con independencia del país donde se produzca la liberación.
› Obligaciones vinculantes para plataformas digitales. La captación ocurre en LinkedIn, Instagram, Telegram, aplicaciones de citas. Las empresas que gestionan esas plataformas deben tener obligaciones legales de detección y reporte, no solo políticas de uso voluntariamente aplicadas.
› Financiación real de la asistencia a víctimas. El Fondo Fiduciario Voluntario de la ONU para Víctimas de la Trata sigue infrafinanciado de forma crónica. Las declaraciones de intención no tienen precio de rescate.
› Perspectiva de género transversal. El 61% de las víctimas son mujeres o niñas. Las políticas de prevención, identificación y reparación deben reflejar esa realidad estructural, no solo mencionarla en las introducciones.
› Cooperación judicial operativa, no solo retórica. Los tratantes operan a escala transnacional con mayor eficiencia que la cooperación entre fiscalías.
Este día no es suficiente. Y debería serlo
El 30 de julio existe porque en 2013 la Asamblea General de la ONU decidió que hacía falta un día para visibilizar la trata. Trece años después, seguimos necesitando ese día para recordar lo que no debería necesitar recordatorio: que hay personas, ahora mismo, encerradas en algún recinto de Myanmar, Camboya o Laos, frente a una pantalla, marcando números de teléfono de personas mayores en España o en México, obligadas a estafar para no ser golpeadas.
Que hay mujeres atrapadas en redes de explotación sexual. Que hay niños y niñas trabajando en condiciones que ninguna persona adulta aceptaría. Que todo eso genera decenas de miles de millones de dólares que se integran en la economía global sin que nadie exija demasiadas explicaciones.
Conmemorar el Día Mundial contra la Trata sin incomodar a quienes tienen capacidad de cambiar esas estructuras es, en el mejor de los casos, insuficiente. Este artículo es una pequeña apuesta por la incomodidad necesaria.
Annalisa Losapio, colaboradora de FIBGAR
BIBLIOGRAFÍA
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