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Día Europeo de Conmemoración de las Víctimas del Estalinismo y el Nazismo. La banalidad del odio, otra vez

A finales de la primera década del siglo XXI, la Unión Europea decretó que cada 23 de agosto se conmemora a las víctimas de los regímenes totalitarios. Menos de diez años después, las tendencias políticas de la región viraron hacia un ascenso de partidos políticos de derecha nacionalista en el Parlamento Europeo. Pareciera ser que la resolución de conmemorar a las víctimas se quedó solo en un plano discursivo. No funcionó como una alerta a las tendencias que actualmente tienen lugar en las instituciones democráticas, que se ven debilitadas cotidianamente cuando dentro de ellas se pronuncian discursos segregadores que dividen a la sociedad aún más.

Lo cierto es que hay un hilo histórico consecuencial que hace permeable a las instituciones para que aparezcan este tipo de regímenes, o ganen espacio político este tipo de partidos. En el siglo XX, la crisis económica que sacudió al mundo con la Gran Depresión, así como la hiperinflación de Weimar en Alemania, se adentraron en la sociedad como un caldo de cultivo para el sentimiento de desamparo y vulnerabilidad ante la falta de protección del Estado.

Este sentimiento dio lugar a la aparición de líderes carismáticos posicionándose como paladines salvadores. Sin embargo, lo verdaderamente peligroso devino con lanecesidad de señalar un enemigo interno, capaz de funcionar como chivo expiatorio a quien adjudicar culpa de todo malestar. Los discursos políticos empezaron a ser segregantes, señalando a personas judías, gitanas, o cualquier grupo étnico que no se asemejara a los nuevos factores que definían a la sociedad. Este tipo de discurso empezó siendo marginal hasta que, ante la falta de resistencia, progresivamente terminó volviéndose opinión mayoritaria. El odio se volvió tan banal que pasó a ser la norma.

Actualmente, el patrón histórico ha decidido repetirse. Tanto la crisis migratoria del año 2015 sumado a la pandemia de 2020 funcionaron como puntos de inflexión. Ambos fueron catalizadores de descontento en las sociedades europeas, incrementando la desconfianza hacia los gobiernos nacionales y facilitando la figura del “inmigrante” comoun enemigo público.

En este contexto tuvieron lugar las elecciones del Parlamento Europeo de 2024. Las mismas resultaron en más de 200 europarlamentarios pertenecientes a partidos políticos de derecha, frente a una composición que no alcanzaba los 150 en 2019. Esta retórica se repite a nivel nacional, con la Alternativa para Alemania (AfD) siendo la segunda fuerza política del país. En Francia, la Agrupación Nacional, liderada por Marine Le Pen, fue la fuerza política más votada en el Estado.

Estas agrupaciones traen consigo discursos nacionalistas, con un tipo ideal de “europeo”, que empieza a ser replicado en múltiples ámbitos de la sociedad, no se queda solo en los parlamentos. Desde chistes xenofóbicos hasta notas de prensa sensacionalistas, poco a poco se crea un sentido común político, un sentido de pertenencia, que segrega a quien no puede acoplarse, ya sea por sus rasgos físicos, por su acento o por su etnicidad.

En este sentido, la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia (ECRI por sus siglas en inglés) ha publicado recientemente un informe alertando sobre el aumento de los discursos de odio en la región. No solo que este tipo de discursos tiene una tendencia de crecimiento, sino que están empezando a ser normalizados en el espacio público. Ha dejado de ser un fenómeno de algunas agrupaciones políticas, y ha pasado a permear en la vida cotidiana de la sociedad. El sentido común y de pertenencia de las sociedades europeas se están moldeando y adaptando, para así poder evitar quedar atrapadas en los rasgos que son marcados como distintos desde dentro.

El informe indica que los discursos de odio no son uniformes, más bien son dirigidos a múltiples minorías y cambian su tono según cuál es su objetivo. La etnicidad, religión, nacionalidad, orientación sexual e identidad de género son los motivos más comunes. Además, identifica que los extranjeros, la comunidad LGBTI, romaníes y musulmanes son las víctimas principales de los discursos de odio políticos, que se basan en estereotipos y desinformación.

Asimismo, quienes denuncian este tipo de discursos reciben una oleada de odio más intensa, creando de esta forma un efecto disuasorio. Ante estas situaciones, la tendencia cada vez más creciente de los discursos de odio no encuentra resistencia.

Lo sucedido con los totalitarismos en el siglo XX demuestra que el odio no es un patrón que se irrumpe por sí mismo. Se trata, en cambio, de un sentimiento que se instala gradualmente, alentado por figuras que tienen escaños en instituciones que deben proteger a los ciudadanos y ciudadanas, que encuentra refuerzo en líderes que buscan a toda costa interpelar con un sentimiento de pertenencia. Poco a poco, el odio se acrecienta y se vuelve más banal y cotidiano con chistes, fake news, deepfakes, medios de comunicación que se suman a la campaña, políticos que no corroboran sus fuentes. Todo esto termina por desembocar en minorías que son atacadas por sociedades enteras, y aquellos que intentan denunciar son señalados con más agresividad.

Honrar a las víctimas de los regímenes totalitarios no debe quedar en la conmemoración del 23 de agosto. El contexto actual pide memoria, resistencia, educación y cuidado hacia las instituciones democráticas.

Ana Nerea Saad Moisés, colaboradora de FIBGAR