Día Internacional del Multilateralismo y la Diplomacia para la Paz: ¿celebración o advertencia?
La agenda internacional conmemora hoy el Día Internacional del Multilateralismo y la Diplomacia para la Paz. Esta fecha fue establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas mediante la Resolución A/73/L.48 en diciembre de 2018, con el objetivo de reafirmar el valor del multilateralismo como herramienta esencial para la paz, la seguridad y la cooperación global.
Pero la pregunta inevitable es: ¿qué significa hoy celebrar el multilateralismo en un sistema internacional que parece dudar de su propia supervivencia?
La resolución afirma que este Día Internacional debe servir para promover los valores de las Naciones Unidas, reafirmar la confianza de los pueblos en los propósitos y principios de la Carta de la ONU, y subrayar la importancia del derecho internacional y la diplomacia como vías para una paz duradera. Sobre el papel, el lenguaje es claro, incluso contundente. Pero, ¿qué ocurre cuando los principios se repiten cada año mientras su aplicación se debilita en tiempo real?
La resolución afirma que este Día Internacional debe servir para promover los valores de las Naciones Unidas, reafirmar la confianza de los pueblos en los propósitos y principios de la Carta de la ONU, y subrayar la importancia del derecho internacional y la diplomacia como vías para una paz duradera. Sobre el papel, el lenguaje es claro, incluso contundente.
Pero, ¿qué ocurre cuando los principios se repiten cada año mientras su aplicación se debilita en tiempo real?
Cuando esta resolución fue aprobada, lo hizo con una mayoría abrumadora: 144 votos a favor y 2 en contra:Estados Unidos e Israel. Resulta significativo que, en el debate de la Asamblea General, el representante de Estados Unidos expresara su preocupación por la proliferación de días internacionales, argumentando que estos podrían diluir el valor de las conmemoraciones y no generar un impacto tangible en la promoción de la paz. Israel, por su parte, no realizó una intervención sustantiva en esa ocasión. En contraste, delegaciones como la de Austria subrayaron algo esencial: en un contexto donde el orden internacional basado en normas comenzaba a ser cuestionado, era necesario reafirmar el compromiso colectivo con el multilateralismo.
Casi una década después, estas tensiones no solo no se han resuelto, sino que se han intensificado. El mundo de 2026 está atravesado por múltiples conflictos armados y crisis prolongadas —en Ucrania, Gaza, Sudán, Myanmar y otras regiones— que han puesto en evidencia las limitaciones estructurales de las instituciones internacionales para prevenir la guerra y proteger a la población civil. Las cifras de víctimas asociadas a conflictos en los últimos años superan las 240.000 muertes en 2025, según el ACLED Conflict Index.
En este contexto, el multilateralismo aparece tensionado entre su promesa normativa y su capacidad real de acción. Las Naciones Unidas y la Unión Europea, como pilares del orden internacional posterior a 1945, encarnan principios fundamentales como la prohibición del uso de la fuerza, la soberanía estatal y la resolución pacífica de controversias. Sin embargo, ambos sistemas enfrentan crecientes cuestionamientos sobre su eficacia.
El Consejo de Seguridad de la ONU, concebido como el principal garante de la paz y la seguridad internacionales, ha quedado en numerosas ocasiones paralizado por el uso del veto de sus miembros permanentes. Esta dinámica ha limitado su capacidad de respuesta ante crisis graves, generando una percepción de inacción o doble rasero en la aplicación del derecho internacional.
De manera similar, la Unión Europea —proyecto nacido precisamente para superar la lógica del conflicto mediante la integración— ha mostrado dificultades para actuar con una sola voz en materia de política exterior y resolución de conflictos. Esta fragmentación reduce su capacidad de mediación y debilita su papel como actor global en la defensa del multilateralismo.
A estas tensiones se suma un contexto de transformación más amplio del sistema internacional, que muchos analistas describen como una crisis de legitimidad del orden basado en reglas.
El sistema internacional se ha ido desplazando hacia dinámicas más transaccionales, donde el poder tiende a prevalecer sobre la norma. En este contexto, 2026 ha comenzado con señales particularmente preocupantes: la intervención militar unilateral en Venezuela, la guerra en Iran. A ello se suma un patrón más amplio: el progresivo retiro de ciertos Estados de acuerdos e instituciones internacionales, anunciado en enero de 2026, que refuerza una tendencia ya visible en años anteriores.
En este escenario, incluso las reformas institucionales se perciben con ambivalencia.
El propio sistema de Naciones Unidas es consciente de su fragilidad. El proceso de reforma conocido como “ONU80”, impulsado por el Secretario General António Guterres, busca adaptar la organización a un contexto de restricciones presupuestarias y creciente complejidad geopolítica. Sin embargo, también plantea interrogantes sobre si estas reformas fortalecerán realmente la acción colectiva o si, por el contrario, conducirán a una mayor fragmentación y a una reducción del alcance de la acción humanitaria y de desarrollo. Del mismo modo, otros procesos como la revisión de la arquitectura antiterrorista de la ONU o las discusiones en torno a la reforma del Consejo de Seguridad serán indicadores clave del estado actual del multilateralismo. En estos espacios se juega no solo la eficiencia institucional, sino también la capacidad del sistema internacional para mantenerse fiel a los principios de derechos humanos, igualdad soberana y justicia global.
En este escenario, incluso las instituciones más sólidas del orden internacional enfrentan una crisis de legitimidad. La cuestión ya no es solo qué hacen los Estados dentro del sistema multilateral, sino si aún creen en él como marco necesario para la acción colectiva.
Lejos de estar agotado, el multilateralismo se encuentra en una fase crítica de redefinición. Su debilidad actual no implica su desaparición, sino la necesidad urgente de repensar sus fundamentos y mecanismos. La historia demuestra que los sistemas internacionales pueden transformarse cuando existe voluntad política, presión social y liderazgo ético.
En este sentido, fortalecer el multilateralismo requiere acciones concretas: reforzar el compromiso con el derecho internacional, garantizar espacios efectivos de participación para la sociedad civil, y rechazar marcos de gobernanza que excluyan la rendición de cuentas o debiliten los derechos humanos. También implica recuperar la confianza en la diplomacia como herramienta central para la resolución de conflictos, incluso en contextos de alta polarización.
El multilateralismo, en su sentido más profundo, no está muerto. Sus instituciones conservan recursos, legitimidad histórica y marcos normativos que siguen siendo esenciales para la convivencia internacional. Sin embargo, su relevancia dependerá de la capacidad colectiva para adaptarlo a un mundo en transformación sin renunciar a sus principios fundacionales.
Frente a este panorama, el papel de la sociedad civil adquiere una relevancia central. Las organizaciones sociales, académicas y de derechos humanos no solo actúan como observadoras, sino como actores esenciales en la defensa del derecho internacional y en la documentación de violaciones graves. Su participación en los procesos de reforma y en los mecanismos de rendición de cuentas resulta indispensable para evitar que las decisiones globales se concentren exclusivamente en manos estatales.
Quizá la imagen más precisa no sea la de un sistema colapsado, sino la de un sistema con el pulso débil. Y la pregunta final, inevitable, es esta: ¿habrá suficiente voluntad colectiva para reanimarlo antes de que sea demasiado tarde?
Hoy, más que nunca, el desafío no es elegir entre multilateralismo o no multilateralismo, sino decidir qué tipo de multilateralismo queremos construir: uno simbólico e ineficaz, o uno capaz de sostener la paz, la justicia y la dignidad humana en un sistema internacional profundamente tensionado.
Alessia Schiavon, directora de FIBGAR