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Día Internacional del Trabajador: De Chicago a la incertidumbre

Las últimas palabras de August Spies en 1887 antes de ser ejecutado fueron: “la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora». Él era uno de los mártires de Haymarket, a los que les debemos este día 1 de mayo y, sobre todo, el inicio de las legislaciones protectoras de los derechos de los trabajadores.

En efecto, la revuelta de Haymarket de 1886 en Chicago es el punto de referencia de la lucha del trabajador obrero. En un contexto de explotación y de desprecio hacia las condiciones y los derechos de los trabajadores, estos salieron a la calle a pedir “ocho horas para trabajar, ocho horas para dormir y ocho horas para la casa”.

Esta cita, sin embargo, se vio envuelta en un clima de violencia que acabó con una bomba, mucha represión policial, 38 obreros muertos, 115 heridos, 5 trabajadores condenados a muerte, dos a cadena perpetua, y uno a 15 años de trabajos forzados, convirtiéndose estos últimos ocho en mártires.

En su memoria se decidió declarar el 1 de mayo como el Día Internacional de los Trabajadores, de la mano del Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional en 1889. Y hoy día es importante reflexionar sobre qué pensarían nuestros predecesores de la realidad laboral actual, ellos que lucharon hasta con su vida por unas condiciones dignas y la jornada laboral de ocho horas.

Como ha afirmado António Guterres, actual Secretario General de la ONU, en los últimos tiempos estábamos observando un aumento de las desigualdades, el abandono de los jóvenes, el estancamiento de los salarios, muros infranqueables para muchas mujeres, y el descontrol del cambio climático, entre otros factores.

A esto se une la preocupación por los trabajadores de bajos ingresos, los migrantes, las personas de edad, o las que trabajan en sectores no regulados o en la economía informal. Y, en este contexto, apareció el COVID-19 para revolucionar nuestra manera de trabajar y, quizás lo más importante, de entender el trabajo.

Desde ese mes de marzo de hace ya más de un año, hemos observado incansables jornadas de los trabajadores de la salud, el cierre temporal o, en algunos casos definitivo, de comercios minoristas, el establecimiento y prórroga de los ERTE, la incertidumbre de los empleados del hogar, el eterno debate sobre la hostelería, el turismo y la cultura, y la creciente inseguridad sobre el futuro de muchos trabajadores, a lo que se suma una demoledora cifra de desempleo entre los jóvenes.

La pandemia también ha hecho despegar definitivamente el teletrabajo y el comercio por internet, sentando un precedente para un futuro más telemático, con las esperanzas puestas en la conciliación personal, familiar y laboral.

Ahora falta por observar qué ha supuesto todo esto para el mundo laboral. Los titulares sobre los trabajadores de Amazon o las quejas de los sanitarios pueden darnos una pista: largas jornadas, condiciones precarias y sueldos mediocres. Nada que decir de lo que llevamos años escuchando sobre la industria de confección en Bangladesh y la inseguridad de las infraestructuras.

No obstante, la “nueva normalidad” se nos presenta como una oportunidad para transformar la inestabilidad, la vulnerabilidad y la desigualdad en el mercado laboral y para revertir la crispación y la erosión de la cohesión social por la pérdida de empleos y de ingresos.

Tenemos la ocasión de invertir y garantizar la seguridad de los trabajadores y la sostenibilidad de los puestos de trabajo, con el foco puesto en los trabajadores de bajos ingresos, los más vulnerables y las minorías. Y más importante aún, como indicaba Guterres, está en nuestras manos encabezar una recuperación inclusiva, ecológica, sostenible y centrada en el ser humano.

Probablemente August Spies se entristecería al saber que ahora muchos hemos cambiado las fábricas por los ordenadores, en medio de debates sobre el derecho a la desconexión laboral, o que hay parques empresariales donde nunca se apaga la luz.

Pero también estaría orgulloso de ver los esfuerzos de nuevos agentes de cambio para que jamás se tenga que condenar a ningún trabajador ni a ninguna trabajadora que luche por mejores condiciones, por la igualdad efectiva y, en definitiva, por el respeto a los derechos humanos en el mundo laboral.

Cristina Molina Campos, colaboradora FIBGAR