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Día Mundial de la Diversidad Cultural: Del «otro», al diálogo y el desarrollo

El término “cultura” ha sido definido por numerosos autores desde 1871, cuando Edward Burnett Tylor lo relacionó con el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, la ley, la costumbre, y otras capacidades y hábitos adquiridos por los miembros de la sociedad.

En efecto, creamos nuestra identidad colectiva en base a unos rasgos o características compartidas y heredadas de nuestro entorno y círculos familiares y sociales más inmediatos. De manera inconsciente y cooperativa nos integramos en nuestra propia cultura, cuya característica más inherente es la similitud entre los individuos de esta, lo que lleva a identificar a todo aquel fuera de ella como el “otro”, el diferente, del que nos disociamos.

El interés en este concepto radica precisamente en que genera grupos diferenciados y enfrentados entre sí, lo que siempre ha dado y continúa dando lugar a confusiones, polémicas e incluso conflictos cuando estos se relacionan.

Por ello, enfrentarnos a esa construcción instintiva es el punto de partida hacia la sensibilización cultural, y hacia una sociedad más inclusiva, respetuosa y, valga la redundancia, más culta.

En este sentido, en 2001 se aprobó la Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural, suponiendo un importante punto de referencia para el impulso de la diversidad cultural como herramienta esencial para la comprensión entre pueblos.

El reconocimiento público y tajante de la diversidad cultural conduce al diálogo y al entendimiento entre civilizaciones y culturas, fomentando así el desarrollo y el enriquecimiento de los pueblos. En efecto, no hay mejor manera de entenderse que a través de la educación, la formación y el intercambio de ideas y dudas entre individuos procedentes de contextos diferentes.

Con este planteamiento en mente, la Asamblea General de las Naciones Unidas escogió el 21 de mayo como Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo. El objetivo no es otro que concienciar sobre la importancia de ese diálogo intercultural, la diversidad y la inclusión, mientras que todos los ciudadanos adoptamos gestos reales de entendimiento en nuestra vida diaria, y combatimos la polarización y los prejuicios.

Y en esta misma línea, la Comisión Europea ha decidido dedicar este mes de mayo a la diversidad en toda la sociedad de la Unión Europea, y especialmente en los lugares de trabajo. Se busca la inclusión y la lucha contra la discriminación en los equipos y los entornos profesionales, a través de la colaboración de las instituciones públicas, empresas privadas, organizaciones sin ánimo de lucro, o ciudades.

Y no cabe esperar otra cosa de una organización que nació con el deseo de entenderse y de cooperar en aras de asegurar la paz del continente. La diversidad en los lugares de trabajo, pero también en los hogares, centros de ocio, espacios culturales, escuelas u hospitales dentro de la Unión europea debe ser tan amplia como las riquezas de sus 27 países miembro.  

Sin embargo, el 59% de la población de la UE considera que la discriminación por razón de origen étnico es frecuente, y una de cada tres personas de origen africano manifiesta que ha sufrido ataques racistas en los últimos cinco años. Asimismo, en una época en la que la desinformación y el negacionismo salpica a multitud de colectivos, la población judía del continente sufre aún antisemitismo, y la islamofobia se expande por todos sus rincones.

La diversidad se relaciona intrínsecamente no solo con la cultura, sino también con la igualdad de género, la igualdad generacional, la visibilidad del colectivo LGBT, de la salud mental, de la discapacidad, o del origen étnico y racial, así como de los grupos más vulnerables, los reclusos y los migrantes.

En este contexto, la comunicación intercultural y la tolerancia surgen como armas esenciales. La educación en diversidad o, como argumentó Bochner, la aceptación de la relatividad cultural de la mayoría de nuestros valores, la validez de las culturas desconocidas, y en general, las ventajas de la diversidad cultural son claves para el entendimiento y la cooperación entre individuos y, más ampliamente, entre pueblos, estados, y civilizaciones.

Quizás, entonces, el “otro” no sea simplemente alguien diferente o extraño, un enemigo o un ignorante, sino que pasará a formar parte de nuestra realidad como alguien que la complementa, la nutre y la convierte en un espacio de aprendizaje, diálogo, inclusión y desarrollo.

Cristina Molina Campos, colaboradora FIBGAR.