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El peligro de las minas antipersona, un reto global

Cuando Mosul, ciudad al norte de Irak, cayó en manos del Estado Islámico en 2014, se desató una lucha por su control entre el grupo terrorista, las fuerzas iraquíes y la coalición internacional encabezada por Estados Unidos, y cada uno desplegó sus mejores armas y explosivos. Tres años después, una vez liberada, comenzaba una minuciosa tarea liderada por UNMAS, el Servicio de Acción contra las Minas de las Naciones Unidas.

En efecto, solo en esta ciudad se han encontrado 7,6 toneladas de explosivos, entre los que se encuentran artefactos explosivos improvisados, cinturones explosivos amarrados aún a cuerpos de combatientes muertos, e incluso bombas de entre 100 y 220 kilogramos enterradas. Se estima que aún haría falta una década para limpiar la mayoría de artefactos.

Y este no es el único lugar del mundo amenazado por este peligro, ya que los esfuerzos internacionales, comandados por UNMAS, han tenido que aterrizar en países como Afganistán, Nigeria, Somalia, Siria, Yemen, Palestina, Colombia o la región de Darfur en Sudán.

Creado en 1997 y enmarcado en el Departamento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz de esta organización internacional, UNMAS se encarga de eliminar las minas antipersona, los restos explosivos de guerra y los artefactos explosivos improvisados. Estos elementos no solo ponen en riesgo la seguridad y la vida de la población, sino que también suponen un impedimento para la recuperación y el desarrollo social y económico del lugar.  

Ante la amenaza de estos restos característicos de escenarios postbélicos, cada 4 de abril se celebra el Día Internacional de Información sobre el Peligro de las Minas, y Naciones Unidas hace hincapié en la necesidad de progresar hacia un mundo sin minas terrestres y municiones explosivas. Para ello, en colaboración con los Estados, la sociedad civil y otras organizaciones, hace dos décadas se puso en marcha el aparato legislativo internacional.

Como resultado, la Convención sobre la prohibición del empleo, almacenamiento, producción y transferencia de minas antipersonales y sobre su destrucción o Tratado de Ottawa vio la luz en 1997. Pero este documento de desarme de minas antipersona, aun habiendo conseguido la firma y/o ratificación de 164 Estados, no incluye a actores tan esenciales como Estados Unidos, China, India o Rusia.

Posteriormente, en 2006, entró en vigor el Protocolo sobre los Restos Explosivos de Guerra (Protocolo V) de la Convención sobre las armas convencionales, y en 2008 se abrió a firma la Convención sobre Municiones en Racimo.

Más recientemente, se ha publicado la Estrategia de las Naciones Unidas contra las Minas 2019-2023, con énfasis en la protección de personas, supervivientes, familiares y comunidades en relación con el impacto socioeconómico, el acceso a la educación y la participación en la vida social y económica, así como la cooperación con instituciones nacionales para el liderazgo y la gestión de las responsabilidades y funciones de desarme de minas.

Aunque con reservas, después de dos décadas de los primeros esfuerzos, se pueden celebrar importantes avances. Gracias al Tratado de Ottawa, 88 Estados han destruido más de 50 millones de minas antipersona, y 31 Estados que tenían estos artefactos en su territorio ya los han limpiado.

Un elemento fundamental de estos progresos internacionales ha sido la participación de la sociedad civil. De hecho, en palabras del aclamado James Bond, el actor Daniel Craig, nombrado en 2015 Defensor Mundial de las Naciones Unidas para la Eliminación de las Minas y los Explosivos, la acción colectiva ha sido imprescindible para el diseño y la ambición de un mundo libre de minas.

La necesidad de exigir a los Estados no partícipes de los tratados internacionales su incorporación a estos, y el inconmensurable valor de la continuidad de los esfuerzos de UNMAS y de los países afectados están directamente ligados con la seguridad y la vida de millones de personas.

Y mientras que los juegos de los niños y niñas entre los escombros de Mosul, o los paseos de la población civil en cualquier parte del mundo puedan detonar explosivos, el mundo no será un lugar seguro ni pacífico.

Cristina Molina Campos, colaboradora FIBGAR