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La caída del muro de Berlín: derribar muros para construir puentes

Para entender la importancia de la caída del muro de Berlín en 1989 y lo que supuso para la población a nivel global, no solo para la alemana, y sus derechos, debemos remontarnos al fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Tras la derrota de Alemania, las potencias vencedoras decidieron dividir el territorio alemán en cuatro zonas: en el oeste se encontraban Gran Bretaña, Francia y Los Estados Unidos; y en el este la Unión Soviética. Esto conllevó dos grandes divisiones políticas e ideológicas. Por un lado, se creó la República Federal Alemana (RFA) en la Alemania Occidental, donde se siguió el sistema capitalista; y la República Democrática Alemana (RDA) en la parte Oriental, donde se estableció un modelo comunista en la órbita de la Unión Soviética con un sistema de partido único y economía planificada. Berlín quedó dividida como capital alemana y, a raíz de aquello, se iniciaron los conflictos con el gobierno de la RDA, desembocando poco a poco en la Guerra fría y la división en dos grandes bloques: el occidental-capitalista y el oriental-comunista. 

Mientras en la Alemania Occidental (RFA) había libertad de movimiento y libertad de expresión, en la Alemania Oriental (RDA) se vivía una realidad más estricta con normas que establecían el comportamiento y una policía secreta que supervisaba la población, la Stasi.

A pesar de que en el resto de la RDA estaba prohibido entrar en la RFA, en Berlín el paso era prácticamente libre, gracias a los acuerdos de Potsdam. Entre 1949 y 1961, cerca de 2,7 millones de personas abandonaron la RDA para pasar al bando Oriental. En consecuencia, las autoridades comunistas ordenaron la construcción de un muro que dividiera físicamente las dos Alemanias para evitar que la gente cruzara de un lado al otro.

Sin embargo, el muro simbolizó mucho más que la división de la ciudad, este dividió a toda Europa, dividió el mundo entre Oriente y Occidente, entre el Comunismo y el Capitalismo, entre la Unión Soviética y Estados Unidos.

Durante cerca de 30 años, el control fronterizo se hizo muy fuerte: había un muro interno y otro externo, vallas electrificadas, torres de vigilancia, perros guardianes, una zanja antivehículos y miles de policías y soldados que disparaban a todo aquel que pretendiera cruzar el muro. Entre 1961 y 1988, más de 100.000 ciudadanos de la RDA intentaron saltar el muro y así escapar a la zona Occidental y unas 140 personas fallecieron en el intento por disparos de la policía.

El 9 de octubre de 1989, la población alemana ya estaba quemada de las restricciones de sus derechos, especialmente de su movilidad, por lo que cerca de 70.000 personas se manifestaron pacíficamente en el centro de Leipzig exigiendo libertad de paso. Y así siguieron, una semana más tarde, más de 100.000 volvieron a manifestarse en el mismo sitio, extendiéndose las protestas por toda la Alemania oriental. Finalmente, una de las movilizaciones más importantes en la RDA se dio el 4 de noviembre cuando cientos de miles de personas se manifiestan en Alexanderplatz, Berlín oriental.

Todas estas movilizaciones demostraron el descontento de la población y presionó al gobierno para revisar las nuevas regulaciones. Así pues, durante la mañana del 9 de noviembre de 1989 se implementó una nueva reglamentación de visitas, por la que se extendería sin condiciones especiales y sin tiempo de espera una visa para viajes privados con derecho a regresar. Esa misma tarde, Schabowski, el Secretario del Comité Central, anunció esta nueva normativa para los ciudadanos de la RDA en una rueda de prensa, especificando que entraba en vigor de inmediato.

La RDA abre sus fronteras. Ese era el titular de todas las noticias. Miles de berlineses de la RDA no perdieron el tiempo y empezaron a acumularse en los pasos fronterizos hacía Berlín Occidental para por fin poder hacer uso de un derecho del que se les había privado durante casi 3 décadas.

En las horas siguientes a la rueda de prensa, alrededor de 20.000 personas cruzaron el puente Bösebrücke sin pasar por control alguno. El resto de los pasos fronterizos se fueron abriendo paulatinamente al largo de la noche y se confirmó que el Muro de Berlín cayó oficialmente.

El 9 de noviembre de 1989 la población alemana ejerció su derecho a manifestarse y, de manera pacífica, consiguió que se le devolviese su derecho a la libre circulación.

Tras 28 años de restricciones, el Muro perdió su poder terrorífico. La caída del Muro de Berlín no solo representó el gran precedente a la reunificación de Alemania, al fin de la Guerra Fría y a la construcción de un nuevo orden mundial

sino también el inicio de una nueva etapa en la historia europea y mundial, incluso en términos de derechos humanos

A pesar de los agrandes avances conseguidos en los últimos anos, en algunas partes del mundo la humanidad sigue separada por muros, como el entre Belfast e Irlanda, Ceuta y Melilla, Corea del Norte y Corea del Sur, Usa y México, Israel y Palestina, que dividen a la población por motivos políticos e ideológicos, controlando la sociedad y limitando sus derechos y movilidad.

Según el informe “Mundo Amurallado, hacia el apartheid global”, realizado por Centre Delàs d’Estudis per la Pau, Transnational Institute (TNI), Stop Wapenhandel y Stop the Wall Campaign, hemos pasado de los seis muros que existían en 1989 a los 63 actuales. Además, varios países ha decidido militarizar sus fronteras mediante el despliegue de tropas, barcos, aviones, drones y vigilancia digital, patrullando tierra, mar y aire, lo que subiría a cientos el numero de los “muros” en el mundo.

Por lo tanto, hoy en día recordar la caída del muro de Berlín es de vital importancia para seguir luchando contra el amurallamiento de los derechos humanos, sobre todo ahora que cada vez más gobiernos proponen cerrar sus territorios recurriendo a la narrativa del medio al otro.

Marta Miño Rodríguez, Colaboradora de FIBGAR.