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Las armas de fuego: un reto y un peligro creciente

El 16 de marzo de este año 2021 los titulares de todo el mundo alertaban de una creciente oleada de delitos de odio contra los asiáticos impulsados por la pandemia, cuando un tirador mataba a ocho personas, entre las que se encontraban seis ciudadanas asiáticas, en tres spas en Atlanta, Estados Unidos.

Desde principios de año, a lo largo de toda la geografía estadounidense se sucedían al menos 147 tiroteos de características similares: ocho fallecidos y varios heridos en una oficina de FedEx en Indianápolis, un fallecido y tres heridos en una fiesta en una casa alquilada en Wichita, o dos muertos y dos heridos en una gasolinera en Milwaukee. El último pico de este tipo de delitos ocurría el pasado fin de semana del 4 de julio, Día de la Independencia de los Estados Unidos, cuando murieron al menos 150 personas en unos 400 tiroteos.

En total, en lo que va de año han fallecido unas 22.792 personas por la violencia con armas de fuego, ya sea fatalmente disparadas (10.384) o por suicidio (12.408). Si bien las causas pueden ser variadas, incluyendo disparos no intencionados, intrusos en el hogar o legítima defensa, la mayoría de los fallecimientos tienen lugar en el marco de la violencia, los tiroteos masivos o la inestabilidad emocional que conduce al suicidio.

Ante la conmoción social, el actual presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, calificaba los hechos de “vergüenza internacional” y de “epidemia”. Sin embargo, la cultura de las armas en Estados Unidos cuenta con un importante respaldo por un sector de la política nacional y por la Segunda Enmienda de la Constitución, que permite la posesión e incluso la exhibición de armas en público. Por tanto, su efectivo control y regulación no parecen pronósticos viables.

La frecuencia de los tiroteos se ve fundamentada en la profusión y la disponibilidad de armas, así como la facilidad para adquirirlas. Los motivos, por su parte, van desde el descontento y la frustración, potenciados por las medidas restrictivas de la pandemia, hasta el odio hacia otros colectivos, etnias, religiones o ideologías y, más particular y recientemente, la misoginia y la LGTBIfobia.

Según Gallup, a octubre de 2020, un 74% de los americanos no creía que fuera necesaria una legislación que prohibiera las armas a la población civil, y un 42% de los encuestados poseían armas en su hogar. No obstante, un año y medio antes, en marzo de 2019, un 41% se preocupaba considerablemente por la disponibilidad de las armas.

Este no es un problema exclusivo de los Estados Unidos. En Europa, Serbia y Montenegro se encuentran a la cabeza de posesión de armas, en gran medida como consecuencia de la guerra de los Balcanes, con una ratio de 39,1 armas por cada 100 habitantes. Les sigue Chipre, que permite la posesión de armas por motivos como la protección personal, y Finlandia e Islandia, mayoritariamente por la caza. Los países más permisivos son Suiza, con una cultura militar tradicional, República Checa y Austria.

Por su parte, en España la proporción de armas por habitante se sitúa en 7,5 por cada 100, prácticamente a la cola de los países europeos. Si bien lejos de ser tan frecuentes, el pasado tres de mayo tenía lugar un tiroteo en Ciudad Real, dejando un muerto y dos heridos.

Ante esta situación, cada 9 de julio desde 2001, cuando tuvo lugar en las Naciones Unidas la Conferencia General sobre el Comercio Ilícito de Armas Pequeñas y Ligeras, se celebra el Día Internacional de la Destrucción de Armas de Fuego. Esta se convierte en una jornada ideal para entregar voluntariamente las armas en centros para su recolección y destrucción, y de fomentar el debate y la concienciación sobre el peligro de su tenencia y uso.

A fin de cuentas, el odio y la discriminación deberían tratarse desde su raíz, a través de políticas, legislaciones y sistemas educativos inclusivos, tolerantes y críticos. De esta manera, podríamos avanzar hacia una sociedad que no tuviera que llorar las pérdidas de ningún civil más a manos de las armas de fuego, sino que celebrara la convivencia pacífica asentada sobre la diversidad y el respeto.

Cristina Molina Campos, colaboradora FIBGAR.