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Recuerdo y reconciliación para las víctimas: Una lección aún pendiente

El psicólogo e investigador sobre el Holocausto israelí Dan Bar-On afirmó que los conflictos violentos crean zonas de silencio en la sociedad, que frecuentemente las responsabilidades de los criminales se esconden y, así, el sufrimiento de las víctimas también pasa desapercibido. En definitiva, el silencio pasa a la siguiente generación.

Quizás una consecuencia de ese silencio se haya materializado en los nuevos movimientos de negacionismo sobre el Holocausto, o el surgimiento de una derecha alternativa y profundamente racista, conocida como Alt-right.

Los primeros defienden que nunca se planeó un genocidio nazi contra los judíos, y que las bajas entre ellos fueron meras consecuencias de la guerra, una epidemia de tifus, o incluso un flujo de emigración por su parte. Para ellos, Auschwitz estaba formado por simples morgues o cámaras de desinfección, y los posteriores testimonios de autores de crímenes son inválidos.

En el segundo caso, el movimiento Alt-right alcanzó notoriedad durante la campaña electoral estadounidense en la que Trump se enfrentaba contra Clinton. El grupo está compuesto por una amalgama de supremacistas blancos, libertarios, neonazis e ideólogos ligados a portales de mensajes radicales como 8kun. Para ellos, la construcción de un muro frente a México es una medida aplaudida, y los enemigos no son otros que el activismo antirracista y el de fronteras abiertas, así como el feminismo.

El surgimiento de movimientos de este tipo choca con la intención original de las Naciones Unidas y, en general, de la comunidad internacional. En efecto, en 1945, 51 países firmaron la Carta de las Naciones Unidas con la voluntad de no repetir los errores del pasado y, especialmente, de la reciente Segunda Guerra Mundial.

Así, Naciones Unidas surge con la motivación de garantizar la paz y la seguridad internacionales, y de sustituir las alianzas bélicas por cooperación y multilateralismo global.

Más recientemente, en 2004, la resolución 59/26 declaró que los días 8 y 9 de mayo se dedicarían al recuerdo y reconciliación en honor de quienes perdieron la vida en la Segunda Guerra Mundial, independientemente de la fecha en que cada país celebre la victoria, la liberación o la conmemoración.

Una nueva invitación a la celebración de estas jornadas se realizó en 2010, a través de la resolución 64/257 por el sexagésimo quinto aniversario del fin de la Guerra. En 2015, la resolución 69/267 destacó los avances en relación con la reconciliación, la cooperación, el respeto a la democracia, los derechos humanos y las libertades fundamentales.

Si bien la voluntad de esta organización internacional ha sido y es mantener vivas las lecciones de los crímenes del nazismo y del conflicto en general (con 40 millones de civiles fallecidos, y 20 millones de soldados), es posible que aún queden demasiados silencios en las sociedades.

Y dejando a un lado el Holocausto, aún se conservan intactas las secuelas de otros tantos conflictos y regímenes. El dolor de miles de víctimas españolas por los casos de desaparición forzada infantil durante el franquismo, conocidos también como “bebés robados”, aún no ha sido reconfortado por la justicia.

La masacre de My Lay en Vietnam a manos de soldados estadounidenses se recuerda aún entre pesadillas de los veteranos, muchos de ellos hoy con estrés postraumático. De hecho, la violencia ejercida en Vietnam durante la guerra fue equivalente a 640 bombas como la de Hiroshima.

El conflicto israelí-palestino, la persecución de los Rohingya en Myanmar, la matanza en Srebrenica de bosnios, las campañas de limpieza étnica en Sudán del Sur, en la República Centroafricana y en Darfur, las violaciones de derechos humanos durante la guerra civil en Siria, así como el caos sembrado y la sangre derramada por el Estado Islámico son ejemplos de que las lecciones que la ONU quería mantener vivas no son suficientes.

Mantener el recuerdo es esencial, pero aún más es invertir recursos, tiempo y voluntad en diseñar sistemas educativos que pongan de relieve los valores de paz, reconciliación, cooperación, tolerancia y respeto.

Sin mencionar a las víctimas, sin poner nombre y atribuir responsabilidades a los criminales, y sin construir un relato fiel, respetuoso y contundente no habrá jornadas de recuerdo y reconciliación suficientes para que nuestras sociedades caminen juntas y de la mano hacia un futuro de paz y seguridad. Todo ello para que el silencio no siga reinando de generación en generación.

Cristina Molina Campos, colaboradora FIBGAR