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Relato III. En nuestro propio nombre: Contando la verdad silenciada

POR LA VERDAD DE LAS MADRES

El ingreso en Auxilio Social, o en cualquier centro público a través del Patronato de la Merced, y más tarde del Patronato de San Pablo, significaba pues lo contrario a lo que decía la propaganda: la posibilidad de perder de forma automática la tutela legal. El decreto precisaba además que sólo podían obtener la tutela «personas irreprochables desde el triple punto de vista religioso, ético y nacional», que en el contexto de posguerra tenía un significado político obvio. La arbitrariedad fue la única práctica en ese tema, y por tanto generó inseguridad y recelo, angustia y desesperación.

Una nueva ley completó las posibilidades de desaparición de quienes estaban en la zona de riesgo de pérdida de los orígenes familiares. La ley de 4 de diciembre de 1941 permitía que todos aquellos niños y niñas que no recordaran sus nombres, cuyos padres no fuesen localizados, o que hubiesen sido repatriados por diversos medios podían ser inscritos en el Registro Civil según criterio de los Tribunales de Menores con otros nombres, «si no se pudiera averiguar el Registro Civil en que figuren inscritos los nacimientos de los niños que los rojos obligaron a salir de España y que han sido o sean repatriados, se procederá a inscribir su nacimiento en dicho registro. Igual inscripción se hará, si resultasen infructuosas tales gestiones, respecto a los niños cuyos padres y demás familiares murieron o desaparecieron durante el Glorioso Movimiento Nacional».

La aparente bondad identificadora —o reparadora— abrió un espacio que facilitó cambios de nombre de hijos de encarceladas, fusiladas y exiliadas, y sirvió para facilitar numerosas adopciones irregulares. V.Á.G. era hija de un capitán del ejército republicano: «No sé dónde estuve, eran hombres que me cogieron. He sabido después que era la Diputación de Madrid. Me llevaban a un sitio, me llevaban a otro […] y entonces dije que yo me llamaba V.Á.G., que yo era hija de M.Á.Z, que mi padre era capitán y que vivíamos en la calle R. C., n.º 00. Y me ponen el nombre de F.R. No he comprendido, ¿por qué me cambian el nombre? ¿Por qué me han quitado mi nombre? Y entonces me dieron la edad que me han puesto. […] Cada vez que una familia venía a ver para coger a una niña me llevaban a mí, para que me vieran, a la oficina de sor L., que era la directora. Me miraban, me miraban y entonces me decían: “Mmm…, bueno, pues ya está”, y me llevaban otra vez al hospicio».

En otras ocasiones los documentos relativos al nacimiento fueron alterados para impedir que las madres pudieran seguir el rastro de sus hijos o para facilitar las adopciones, labor que a menudo se realizaba con la connivencia de religiosos. La Casa Cuna Provincial de Sevilla conserva un documento que expone esa modalidad de desaparición.

En una carta el capellán de la institución, J.A.G., daba instrucciones a los nuevos padres sobre cómo debían proceder para alterar datos sin dejar rastro con el fin de que la madre verdadera no pudiese hacer reclamación alguna:

«Mis queridos amigos: cuando la superiora hacía unas horas me había entregado esos papeles fue cuando la madre de la niña se presentó en la Diputación a decir que aquí no le daban razón de una niña que en tal fecha ella echó. Al ver esto y prever que les podían hacer pasar a Vds. un mal rato, decidí no hablar ni tocar el asunto en la Diputación hasta que no estuviera alejada la idea de esta mujer, y cuando Vds. fueran ni se acordaran que tal mujer había ido a reclamar nada. Y así ha ocurrido, pues ya ni la superiora de aquí ni en la Diputación se acuerdan de nada: yo he ido a explorar el terreno y no me han dicho ni una palabra, sino que todo bien y que podéis prohijarla cuando queráis. Y ahora buscando entre los papeles de mi archivo los encuentro y se los envío para que hagáis lo siguiente. El papel ese grande lo tenéis que rellenar entre Vds., el alcalde y el párroco y debidamente firmado lo traen Vds. cualquier día en la Diputación. Si por casualidad os preguntara S., que cómo habéis tardado tanto en ir, Vds. le decís solamente “que M. había estado enfermo y esperabais, como es natural, a que el esposo se pusiera bien”. No digan ni una palabra más ni una menos, sino a todo que sí. […] si queréis que la niña no aparezca con vestigio ninguno de la cuna, luego que arregléis lo del notario vais al Palacio Arzobispal con los documentos de la prohijación de la Diputación y con la prohijación notarial, y allí en la vicaría del Arzobispado le arreglan el asunto de manera que mandan un oficio a la Casa Cuna para que se inutilice la partida de bautismo de la niña, y otro oficio a la parroquia que Vds. quieran para que pongan una Fe de Bautismo como si la niña se hubiese bautizado en aquella Iglesia».

Por otra parte, la desaparición de los hijos de reclusas en el momento del parto fue una realidad practicada sin escrúpulo. E.G., hermana de uno de los guerrilleros asturianos más activos, fue encarcelada en Salamanca, donde dio a luz. «Lo llevaron a bautizar y no me lo volvieron. Por ejemplo, esta mañana nació el niño y fueron por él para bautizarlo, pero el niño ya no volvió pa’ mí. Ya no lo volví a ver más […]. Yo no sé quién lo llevó. Era duro de buscar. Yo reclamaba el niño, y que estaba tal y que estaba cual, que si estaba malo, que si no estaba… Aquel niño no lo volví a ver. No. ¿Cuántos llevaron más que al mío? Para eso no hacían falta permisos. Si por ejemplo tú estás pariendo, viene un matrimonio que no tiene hijos y quiere reconocerlo, te lo quitan y lo llevan y nada más».

Con el decreto de noviembre de 1940, la pérdida de la tutela en beneficio del Estado no fue sólo una operación simple, sino también arbitraria, dependiendo de la opinión política que los familiares merecían con respecto a quién debía tomar la decisión.

N.R.L. fue reclamado y no salió. Es una historia que ilustra los mecanismos de la zona de riesgo de pérdida familiar. Todo empezó con el avance de las tropas alemanas en territorio soviético. Las colonias de niños españoles evacuados durante la guerra civil huyeron hacia el Cáucaso con el frente de combate pisándoles los talones. En agosto de 1942 una de esas colonias fue cercada por el ejército alemán en el que combatían soldados finlandeses. Algunas muchachas pudieron escapar, pero un total de 22 adolescentes fueron capturados y trasladados a Berlín y posteriormente a Helsinki. La embajada española efectuó gestiones para su repatriación. El 18 de enero de 1943 se les expidió un pasaporte colectivo y a mediados de febrero llegaban a Madrid ataviados con uniformes de Falange, arropados por la plana mayor de la Delegación Nacional del Servicio Exterior de Falange y fotografiados hasta la saciedad en la prensa del Movimiento. N.R.L., un joven de Reinosa, estaba entre ellos.

MADRES DESAPARECIDAS, MUJERES OLVIDADAS
“Contando la verdad silenciada”
07 de noviembre del año 2020

Fuente: Bebés Robados desde 1936