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Un dolor que no prescribe

Como cada 30 de agosto, con razón del Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, tenemos el deber de recordar una de las violaciones de derechos humanos más difíciles y duras de superar, una forma de represión que deja secuelas traumáticas, un delito continuado que no deja descansar: la desaparición forzada. Se trata de uno de los crímenes internacionales más crueles y devastadores que existen, que suele ocultar la tortura y el asesinato, con el único fin de infundir inseguridad, miedo y terror en la sociedad.

Este delito se ha llevado y se lleva por delante a cientos de miles de personas por todo el mundo, muchas de las cuales nunca han sido puestas en libertad, o nunca se ha llegado a saber qué ocurrió con ellas. 

Este crimen internacional, regulado en la Convención Internacional para la protección de todas las personas contra desapariciones forzadas, establece el derecho de las víctimas a ser buscadas y la obligación de los Estados de encontrarlas. El Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas de Naciones Unidas, informó que desde 1980 siguen abiertos 44.159 casos sin resolver en 91 estados. Son muchos los países que actualmente viven y están viviendo multitud de desapariciones forzadas. Ponemos por caso México o Siria, por mencionar sólo dos.

Pero España no se queda atrás. Según Amnistía Internacional hubo más de 114.000 crímenes de derecho internacional durante la Guerra Civil y el franquismo, la mayoría de los cuales corresponden a desapariciones forzadas. En 2013, el Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas visitó España y mostró su preocupación por el cierre, archivo y mínima investigación sobre los procesos de investigación de estos crímenes, recordando e instando al Estado español a que cumpla con su obligación de investigar y juzgar las desapariciones forzadas. Por ello, hay que recordar la obligación de los Estados de buscar a las personas desaparecidas y no dejar impune este delito tan atroz.

Pero lo peor de este crimen es el dolor de las familias, que es continuo y no deja descansar a quien lo padece, suponiendo una incertidumbre permanente y un “duelo congelado”. 

Detrás de cada cifra hay una vida ausente y una familia que espera, un sufrimiento tan inhumano como la incertidumbre de no saber qué pasó con el ser amado, porqué y ¡dónde está!, de no poder volver a abrazarle y, en la mayoría de los casos, ni siquiera poder enterrarle. Al igual que el crimen, la desaparición forzada provoca un dolor que no prescribe. 

Andrea Rielves, colaboradora. Rodrigo Lledó, director. FIBGAR