90 años del golpe de 1936: por qué seguimos recordando
El 17 de julio de 1936, un grupo de militares se sublevó contra el gobierno legítimo de la Segunda República Española. El levantamiento empezó en el Protectorado español de Marruecos, en ciudades como Melilla, Tetuán y Ceuta. Al día siguiente, el 18 de julio, se extendió a toda España.
El plan de los golpistas era hacerse con el poder en cuestión de días, pero no lo consiguieron. En algunas ciudades, como Madrid o Barcelona, la sublevación fracasó gracias a la resistencia de la población y de las fuerzas leales a la República. En otras, como Sevilla o Zaragoza, los militares sublevados triunfaron desde el primer momento. El resultado fue un país partido en dos: una España que seguía bajo el Gobierno republicano y otra que ya estaba bajo control militar.
Esa división es lo que convirtió un golpe de Estado fallido en una guerra civil. Al no lograr el control total del país de forma inmediata, el conflicto se prolongó durante casi tres años, hasta 1939. Fue una guerra con un alto coste humano: cientos de miles de personas murieron en los frentes, por represión política o por el hambre y las enfermedades derivadas del conflicto. Y su final no trajo la paz, sino el inicio de casi cuarenta años de dictadura.
Noventa años después, seguimos hablando de aquellos días. No por nostalgia del pasado, sino porque sus consecuencias todavía pueden percibirse.
La represión de la dictadura dejó miles de víctimas: personas ejecutadas, encarceladas o exiliadas. Muchas siguen en fosas comunes sin abrir y muchas familias siguen sin saber qué pasó con sus seres queridos. Todo esto es memoria, y sigue reclamando verdad, justicia y reparación.
Recordar el golpe de 1936 es entender cómo se rompió la democracia, para no dejar que vuelva a romperse. La Ley de Memoria Democrática 20/2022 lo dice con claridad: reconocer a las víctimas y reparar la memoria histórica es parte esencial de la calidad democrática de un país. Una sociedad que conoce su pasado está mejor preparada para defender su presente.
Por ello, desde FIBGAR trabajamos para que esta memoria no se quede solo en los archivos, sino que llegue a las personas. Y sobre todo, a las generaciones más jóvenes. Para eso nació Memorízate, un proyecto que arrancó en 2016, con un objetivo sencillo: recopilar la memoria democrática y acercarla a través de las herramientas digitales que los y las jóvenes ya usan cada día.
Casi diez años después, el proyecto ha reunido más de 6.600 huellas digitales y 48 entrevistas en vídeo a testigos y familiares. Son testimonios directos de personas que vivieron aquellos hechos o que crecieron con sus consecuencias. Un archivo que se vuelve más valioso cada año, porque los testigos directos de la época cada vez son menos.
Noventa años después del golpe, el reto es evitar que esta memoria se pierda. Cada generación que pasa se lleva testimonios que ya no podremos recuperar. Y al mismo tiempo, crecen los discursos negacionistas y revisionistas que minimizan o niegan lo ocurrido durante la dictadura. Por eso la transmisión de esta memoria —a través de testimonios, de la educación y de proyectos como Memorízate— es hoy más urgente que nunca.
Recordar el 17 y el 18 de julio de 1936 no es tarea solo de los profesionales. Es una responsabilidad compartida entre instituciones, sociedad civil y ciudadanía. Desde FIBGAR seguiremos trabajando para que la memoria de las víctimas no se pierda, y para que conocer lo ocurrido siga siendo una herramienta activa que actúe como garantía de no repetición, permitiendo construir democracia.