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Una apuesta por la dignidad humana: Día internacional para la erradicación de la pobreza

En un día como hoy en el año 1987, en el Atrio de los Derechos Humanos y de las Libertades en París, ante 100 mil personas de todo el mundo, el padre Joseph Wresinski inauguró una placa conmemorativa a las víctimas de la miseria y lanzó un llamado a la Organización de las Naciones Unidas para que este día se declarara el Día Internacional para la erradicación de la pobreza, lo que fue aprobado en el año 1992 en la resolución 47/196 de la Asamblea General.

¿Quién es el padre Joseph Wresinki y por qué es tan importante para la causa de la erradicación de la pobreza?

Nacido de padres inmigrantes, Wresinski creció en la pobreza y experimentó la exclusión social. Estableció importantes hitos a lo largo de su vida en la lucha contra las peores formas de pobreza, en colaboración con los grupos más pobres y otras comunidades. También desarrolló un plan para una civilización sin exclusiones, basado en su trabajo en el ámbito de la actividad humana, una civilización con las contribuciones de todas las personas y para el beneficio de todos. Como el padre Joseph, hoy en el mundo hay millones de personas que por diferentes razones han experimentado la pobreza.

La pobreza se ha conceptualizado como una situación en la cual no es posible satisfacer las necesidades físicas y psicológicas básicas de una persona. Vivir en esta situación supone no poder satisfacer las necesidades vitales, como son el alimento, el agua potable, el techo, la sanidad o la educación.

Muchas personas afirman que la pobreza viene de la falta de voluntad para poder ejercer un empleo y así recibir un ingreso, otros han dicho que la pobreza tiene que ver con la herencia y que históricamente algunas familias han sido condenadas a ella porque pareciera ser una condición innata. Sin embargo, la pobreza es un “fenómeno multidimensional que comprende, además, la falta de las capacidades básicas para vivir con dignidad. Por lo tanto, hay razones de la pobreza que no dependen de la voluntad del ser humano de emplearse o de la herencia de su familia. Estas razones están asociadas a la estructura económica mundial en donde una competencia irresponsable y desmedida por los recursos ha dejado afuera a los sectores más vulnerables de la población mundial, entre ellos mujeres, ancianos, personas pertenecientes a una religión o raza en particular, comunidad LGTBI, indígenas y demás.

Según la ONU, unos 736 millones de personas vivían con menos de 1,90 dólares diarios en 2015. En 2018, el 8% de los trabajadores de todo el mundo vivían con sus familias con menos de 1,90 dólares diarios por persona. La mayoría de las personas que viven por debajo del umbral de pobreza se encuentran en dos regiones: Asia meridional y África subsahariana, las altas tasas de pobreza las encontramos a menudo en los países pequeños, frágiles y afectados por conflictos armados. Por último, en 2018 el 55% de la población mundial no tenía acceso a ningún programa de ayuda social.

Estos nos demuestran que hay factores que atraviesan a las sociedades, que están intrínsecos en el sistema económico y que hacen, por tanto, que la pobreza sea un problema de derechos humanos, precisamente porque afecta a la dignidad intrínseca de todo ser humano.

Es por ello que, el Estado y toda la sociedad tenemos el deber de hacernos responsables de estos factores para mejorar la dignidad y la calidad de vida de todas las personas que se encuentran hoy en día en estado de carencia y pobreza.

No podemos olvidar también que la pandemia no solo ha afectado a nivel sanitario y se ha cobrado millones de vidas y sino que además ha aumentado la pobreza a escala mundial. El COVID-19 esta poniendo en riesgo el progreso logrado en las últimas décadas en lucha contra esta problemática.  

Poner fin a la pobreza en todas sus formas y a nivel global es el primero de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la  Agenda 2030 y por lo tanto acabar con situaciones tan duras e injustas como estas debe ser una prioridad en la agenda política y social de los Estados.

Tal y como lo afirma la ONU:

“la participación, los conocimientos, las contribuciones y la experiencia de las personas en situación de pobreza y a quienes se deja atrás deben ser valoradas, respetadas y se deben reflejar en nuestros esfuerzos por construir un mundo equitativo y sostenible en el que haya justicia social y medioambiental para todas las personas”.

Ashley Morales Garzón, colaboradora de FIBGAR.